Por lo general siempre desconfío inicialmente de la gente que se autodenomina como “experta” en algún campo de conocimiento. No sólo por la inmodestia del término sino porque es una de esas etiquetas tan quemadas por los iluminados “expertos” en parapsicología o en fenómenos OVNI que, en el caso de tener que utilizarse, creo que siempre tiene que venir puesta por un tercero para que el contexto al menos no haga aguas. A modo de presentación sería viable algo del tipo “Te presento a Ramona, es nuestra experta en informática” pero no algo como “Hola, soy Ramona, experta en informática”, que como veis suena bastante ridículo.
El caso es que estaba pensando como podría definirse un tío experto en áreas en las que el éxito de la experiencia implica a su vez que se hayan tenido pocas experiencias. Me explico con un ejemplo. ¿Cómo alguien podría autodenominarse experto en mantener relaciones de pareja exitosas y duraderas?, si realmente es experto en lograrlo lo normal es que sólo haya tenido una relación así (la actual), de modo que nada garantiza que lo que haya funcionado en esa relación pueda llegar a funcionar en otras. Y por el contrario, si ha participado de muchas relaciones significa que ninguna ha sido realmente duradera (o que todas sus parejas han fallecido) con lo que su consejo o valor como experto no vale absolutamente nada.
Pensando más en ello he llegado a la conclusión de que quien más capacitado está para considerarse experto en ese tipo de cosas es precisamente quien haya fracasado una y otra vez y poco a poco pueda determinar cuales son las cagadas más habituales y trate de evitarlas por pura práctica, o directamente nos deje a nosotros deducirlas. Es decir, que creo que si buscamos apoyo para formar un negocio vale más la información que pueda aportar alguien que fundó treinta empresas y las treinta fueron a pique que la del que fundó una y triunfó; esto se nota mucho en internet, en que la mayoría de emprendedores que se forran con un primer proyecto a menudo fracasan en todas sus futuras aventuras.
Resumiendo, he montado tantos zurullos en la web que en breve me presentaré como “Hugo, experto en internet”. Si alguien me quiere contratar aquí estoy, preparad la chequera.
Cuando era chaval solía jugar La Quiniela. Por aquel entonces yo seguía bastante el fútbol, me conocía las alineaciones, las noticias de los que se lesionaban y toda esa mierda, así que jugando una quiniela semanal le daba un poquillo de gracia a escuchar los partidos por la radio, y me lo pasaba bien. Jamás gané. Lo más que acerté fueron 11, justo uno de esos días en que no daban premio a los de 11 porque eramos mogollón, así que con eso os podéis hacer a la idea de mi nulo olfato para el tema.
El caso es que desde hace tres o cuatro meses estoy jugando al Euromillones, cuando digo “estoy jugando” me refiero a que hago una apuesta al mes. Me lo planteé con bastante frialdad, decidí que un total 24 euros de “inversión” anual no era mucho dinero a cambio de tener una posibilidad, remota sí, pero una posibilidad de hacerme asquerosamente rico. Y es más una posibilidad contra miles de millones que cero contra miles de millones. En definitiva, quería dejar de ser de esa gente que dice “ojalá me tocase la loto” pero que nunca juega.
Mis apuestas (aleatorias, por cierto) las hago a través de la web Loterías y Apuestas del Estado. Típica web de organismo oficial español, fea de cojones pero que más o menos funciona y sobre la que quiero comentar dos cosillas que me han sorprendido. La primera curiosidad es que desde el perfil tenemos una opción llamada “autoexclusión” que consiste en forzar al sistema a impedirnos jugar durante un periodo de tiempo. Dado que hay personas a las que el juego les causa adicción ésta parece una forma de controlar la ludopatía en los momentos de lucidez, como si un alcohólico pudiera aprovechar cuando esté sobrio para pedir que no le sirvan más copas en los bares. No sé, está claro que si quieres jugar tras haber pedido el bloqueo en la web te puedes bajar a la administración de la esquina y juegas igual, pero me ha parecido algo que, aunque por un lado es triste que tenga que existir, puede tener su utilidad y que se podría aplicar a otros campos como forma de controlar el primer impulso de hacer algo que no debes. Por ejemplo, que los chavales pudieran bloquear las videoconsolas, los televisores, Twitter o cualquier otro pasatiempo durante sus periodos de exámenes y cosas por el estilo. Me parece muy interesante.
La segunda cosa es que la web reza un “Juegue sin comisiones y con la garantía del Estado. La única Web oficial de venta online de Loterías y Apuestas del Estado”. Al ver esto por primera vez quise saber si existía algún sitio donde para hacer una maldita quiniela te cobrasen comisión, y sí, existen varios y curiosamente uno de ellos es Terra, que a su vez es responsable de la web Onlae (también oficial de Loterías y Apuestas del Estado) y que por su cuenta tienen Terra Sorteos donde ahí si te cobran 2,35 euros por jugar un boleto de 2 euros. O sea, que los mismos que crean el portal que se enorgullece de ser el único sitio oficial y libre de comisiones son los que montan un servicio externo y con comisiones.
En fin, los contratos de las administraciones públicas y los amigazos, esos grandes desconocidos.
Si algún día me diera por estudiar arquitectura (carrera que no hice porque necesitaba algo con una salida laboral más temprana pero que era mi vocación) empeñaré todo mi esfuerzo en desterrar una de las mayores atrocidades creadas en el mundo libre (tras los SMS y los Starbucks), las escaleras de paso chungo.
Las escaleras de paso chungo son aquellas cuya distancia entre peldaños hace que no se puedan recorrer de un solo paso (o incluso un número impar de ellos), sino que te obligan a dar un paso y medio o dos pasos para subir cada peldaño, de modo que terminas subiendo siempre con la misma pierna o bien tienes que hacer un amago de medio paso que te hace parecer Chiquito de la Calzada.
Es flipante como las cosas aparentemente irrelevantes son las que más incómodas resultan cuando están mal diseñadas.
En el Metro de Madrid hay muy muy pocas normas, la mayoría son obvias, como es el no fumar en sus instalaciones, pagar un ticket al entrar, dejar salir a los viajeros de un vagón antes de entrar o llevar la mano enganchada en el bolso en cada instante.
Pero hay otra norma que no es trivial, y por ello es recordada (tanto en castellano como inglés y francés) constantemente en las pegatinas de las puertas y en los andenes, para que desde los niños a los turistas que llegan por primera vez a la ciudad se tenga presente en todo momento. La norma es muy sencilla, tras el toque del silbato no entrar ni salir del tren. Punto. Es fácil de entender, si el silbato ha pitado te esperas al próximo tren.
El caso es que mucha gente no es capaz de entenderlo y se meten tras el silbato, a veces tienen suerte y pasan y otras veces no la tienen y terminan pinzados o se les queda la mochila fuera, o el abrigo y tal. Generalmente esta gentuza pone cara de indignación en plan “vean amigos, el cabronazo del conductor me ha pillado con la puerta”, cuando sólo ha sido su puta culpa. De verdad, cada vez que veo esto, a alguien pinzado por las puertas del Metro, me dan ganas de que instalen cuchillas en los cantos y estos mamones se queden seccionados en plan Prince of Persia.
Ah, y como bola extra quiero mandar un saludo especial para esa gente que cuando el tren entra sólo hasta la mitad de la estación y se queda parado (por el motivo que sea), con aún muchos vagones dentro del túnel, van y se ponen a intentar abrir las puertas sin plantearse que huevos pasaría si se abrieran para la gente que aún queda en el túnel y que caerían a las vías.
Y sí, hablo mucho del Metro, pero es que pringo casi dos horas diarias en él y los posts de odio se escriben rápido.
Tengo que reconocer que pese a lo jodido que es hacer un podcast en muchas ocasiones fantaseo con volver a hacer uno, y una de las cosas que siempre me terminan echando para atrás es el tema de la música y los derechos de autor.
Los que escuchaseis mis anteriores incursiones en el mundillo ya sabéis que a mi me gusta terminar las grabaciones con una canción, una que me guste, es decir, nada de Creative Commons. Y, por desgracia, plantar una canción de Elton John o de los Beatles en un podcast y distribuirlo puede acarrear serios problemas legales; en el mejor de los casos consigues que te borren los ficheros de tu servicio de hospedaje (como ya me pasase en su momento) y en el peor te ves con alguna amenaza de la discográfica o gestora de derechos de turno o incluso con una demanda en toda regla.
Así que se me ha ocurrido ver como está el tema de los derechos en el caso del podcasting, que lleva haciendo ruido desde 2005 pero al ver las tarifas de la SGAE veo que la cosa sigue sin estar muy definida para el caso de podcasts. Lo más parecido, si no me equivoco, creo que se englobaría en el epígrafe de “Programación automática tipo radiofónica”, es decir, que quien quisiera hacer un podcast con algo de música con el visto bueno de la SGAE debería pagar un mínimo de 84 euros mensuales (para menos de 50.000 visitas y en caso de no tener intereses económicos).
Demasiada pasta para un hobby.
Nunca me han gustado los músicos callejeros, o mejor dicho, y por respeto a los músicos de verdad, diré que nunca me han gustado los que tocan algún instrumento en los vagones del Metro de Madrid.
Cuando era pequeño lo habitual eran los acordeonistas gitanos, que básicamente eran unos señores que se limitaban a zarandear el acordeón y dar botones al azar. Lógicamente aquello sonaba realmente mal y siempre pensaba que cuando fuera mayor les daría mil pelas a cambio de que dejasen de tocar y se fueran a otro vagón (cosa que luego nunca he llegado a hacer). Recuerdo que entre toda esa gentuza me topé cuatro o cinco veces con un chaval que recorría la línea 6 con una guitarra cantando canciones de Elvis de forma magistral, variando el repertorio y respetando la duración de cada tema sin interrupciones, si la canción duraba tres estaciones pues duraba tres estaciones. Os aseguro que el tío era inolvidable y dejaba a todo el mundo con la boca abierta, en silencio para escucharle. Cuando finalmente se bajaba del vagón el chorreo de pasta era tremendo, casi todo el mundo se rascaba el bolsillo para agradecerle la inesperada actuación.
Con los años y la evolución de la inmigración en el país los acordeonistas fueron desapareciendo (aunque aún quedan) y el gremio fue llenándose de grupos de flautistas peruanos, de guitarristas colombianos cantantes de boleros y esas otras folclóricas que llevan un carrito con un altavoz de minicadena enganchado a un MP3 del Carrefour y un micro del SingStar. Otra variedad digna de mención, y abucheo, son unos que aparentemente tocan el violín pero que en realidad hacen playback, y se les nota mucho porque ni tienen la vergüenza de parar la música cuando hacen un descanso.
El caso es que toda esta gente cada vez saca menos pasta con sus shows, la mayoría de las veces se bajan del vagón sin que nadie les haya dado ni una sola perra. Y con razón, porque la práctica totalidad han convertido la actuación musical en una mera fachada para la mendicidad y no como una forma de tratar de aportar algo y recibir pasta a cambio.
Insert Coin
Y no, contra todo pronóstico este no va a ser uno de esos posts míos en que sólo critico lo establecido y me quedo tan ancho. No, hoy voy a proponer una solución real con la que creo que se podría ganar dinero dignamente con las actuaciones musicales callejeras, si alguno os dedicáis a esto seguro que le podéis sacar algún partido.
Hoy en día quien quiere lleva consigo la música que realmente le gusta, así que es muy difícil que cantando una canción genérica o de las de toda la vida puedas llegar a gustar al público. Así que creo que la clave para hacer una buena actuación en el Metro (o en la calle) es tratar de ofrecer algo alternativo, algo que vaya directo a la vena remember, como la música de las series de televisión o los videojuegos de los 80. Imaginad por un momento que se sube en el Metro un tío con una camiseta de Alf y una guitarra y se pone a tocar la melodía principal del Sonic, o del Mario, o del Monkey Island, o de la introducción de Beverly Hills 90210, o de Canción triste de Hill Street, etc.
Estoy seguro que quien se ponga a hacer esto obtendrá aplausos y monedas.
Es curioso que entre la gentuza que defiende el “todo gratis” y toda esa mierda demagógica de “¡pues que den conciertos!” sin ver más allá de los pixeles de su monitor y por otro lado los “artistas” rancios que desearían que internet desapareciera sólo para que nadie pudiera bajar sus canciones y películas, hay una realidad que la industria nos está metiendo por el culillo de forma muy disimulada, y que lamentablemente a nadie parece importarle.
Y eso que nos están metiendo es una modalidad de distribución, supuestamente muy moderna y muy genial pero que conlleva una gran pérdida de derechos para los consumidores, en cuanto a los contenidos adquiridos completamente online (tiendas como la iTunes Store, Xbox Live, PlayStation Network, Steam, Amazon Kindle y demás, para música, películas, libros, software en general y videojuegos).
Antes uno compraba un CD (o un libro, o lo que fuera) y era propietario de ese disco, de ese pedazo de plástico tan caduco y obsoleto, pero podía hacer con ello lo que le diera la puta gana, desde prestárselo a un amigo a venderlo de segunda mano o regalarlo cuando ya estuviera cansado del disco. Ahora eso se ha acabado, las copias de los contenidos ya no nos pertenecen aunque hayamos pagado por ellas, el soporte ya no tiene valor alguno, hemos renunciado a los soportes en virtud de las licencias de reproducción o lectura vinculadas a nuestra cuenta personal; y hemos abrazado la sencillez de comprar con dar un botón dejando de lado la necesidad humana de compartir las cosas que tenemos. No hablo de P2P, hablo de compartir de verdad, de coger un libro y dejárselo en mano a un amigo para que se lo lea durante un viaje y nos lo devuelva a la vuelta; intentad hacer eso con un libro de Kindle, un disco de iTunes o un juego bajado con vuestra consola. Y creo que es un error.
Pienso que en lugar de defender lo indefendible y al final hacer el ridículo al demostrar que la capacidad de negociación y presión del “lobby internauta” es absolutamente nula, sí que debería tratarse de regular que las distribuciones digitales y los nuevos modelos que se establezcan respeten las capacidades de préstamo y venta de segunda mano que teníamos con las copias físicas. Lógicamente esto a los propietarios de los contenidos no les interesa porque si puedes prestar tu libro a un amigo ellos puede que dejen de vender un ejemplar, pero dado que técnicamente es trivial permitir que se compartan (transferir temporalmente) las copias (de hecho lo “complicado” es evitarlo) el Estado debería obligar a que todos los sistemas de venta de contenidos digitales que operasen en su territorio ofrecieran igualmente las funcionalidades de libre préstamo y venta de segunda mano. Esto sí son derechos de usuario, y hasta ahora están siendo violados silenciosamente.
Desde que era un chaval siempre he tenido una cana entre mi pelo, una única, solitaria y perenne cana poniendo la nota disonante en el lateral derecho de mi preciosa cabellera. La verdad es que tengo bastante buen pelo (ojalá se me conserve) de modo que la cana apenas se veía y quedaba oculta entre sus múltiples y morenos amiguitos. Y siempre estaba allí, podía pasar semanas sin verla pero cuando la buscaba siempre estaba allí, igual llevaba diez años ahí, presidiendo.
El caso es que esta mañana mientras me cepillaba los dientes, aún con los ojos pegados de sueño, he podido contemplar con asombro que dos nuevas canas han aflorado en mi cabeza y se han unido a la fiesta, haciendo de mí un pequeño proyecto de George Clooney de todo a cien y sin cafetera de posers. Aún estoy en shock.
Hugo se os está haciendo viejo. Cosas de la vida.
Habitualmente preparo los cambios en mi guarida secreta y os los planto de sopetón para después ir corrigiendo a toda leche las cosas que me dejáis en los comentarios. Normalmente lo hago así no porque pase de la peña sino porque me gusta esa sensación de llegar a un sitio y encontrarme por sorpresa que algo ha cambiado, pero esta vez he tomado la idea de Asinorum y voy a plantearlos antes (mucho antes) de su ejecución para poder escuchar vuestras sugerencias y ver si podrían tener cabida en mis planes.
Y es que en los próximos meses (forma velada de decir “antes de 2011″) voy a intentar llevar a cabo una reestructuración completa de todo este chiringuito blogueril mío, a un nivel que nunca antes he abordado y que me lleva rondando la cabeza desde hace demasiado. Lo haré tanto en contenido como en continente y como me creo muy importante lo voy a explicar bien.
Veréis, el blog ya está en casi 2.000 entradas (es ya inmanejable) y tras cuatro años volcando aquí toda la mierda que me pasa por la cabeza hay montones de posts viejos que ya no tienen ningún sentido para mí. Algunos han perdido su valor por estar obsoletos (sobre todo los de temas de tecnología), otros por contener fotos o vídeos que ya ni existen o enlaces rotos, y otros por reflejar opiniones que ya ni siquiera sostengo. Así que lo que voy a hacer es tratar de separar el grano de la paja, dejar las entradas basura en el fondo del archivo (sólo para que sigan haciendo ruido en Google y yo gane algo de dinero con ello) y salvar las entradas más valiosas (que no creo que lleguen al centenar) para reescribirlas, fusionarlas si son de temas similares, corregirlas, formatearlas mejor si tocase (la guía de estilo siempre ha sido mi punto débil) y darles mucha más visibilidad.
En definitiva, quiero que cuando alguien se ponga a husmear en el archivo o salte al azar entre entradas viejas sólo vea lo mejor. No sé, igual es demasiado pretencioso, pero quiero que cuando entréis al blog tengáis esa sensación de estar escuchando un disco del que te gustan absolutamente todas las canciones.
Esto no significa que vaya a dejar de publicar cosas chorras, lo seguiré haciendo, pero una vez pasen de la portada no quedarán en el archivo del grano sino que simplemente engrosarán el de la paja.
Novedades
En los contenidos no hay mucha sugerencia que aportar porque ya sabéis que soy una puta veleta (y creo que esa es la gracia del blog) pero en cuanto a aspecto del blog y funcionalidad si que creo que tenéis mucho que aportar (aunque luego yo haga lo que me de la puta gana) así que os dejo una lista de las cosas que tengo ya planeadas sobre el papel para incluir y os podréis hacer una idea.
- El texto será más grande y legible y el layout aún más sencillo. Partiendo del actual (que me gusta mucho y trataré de mantener) buscaré un estilo más parecido al de una publicación impresa.
- Las imágenes serán mucho más grandes, del actual máximo de 500 pixels de ancho pasarán a cerca del doble. Hice algunas pruebas y os aseguro que el resultado es impresionante.
- Podréis evaluar las entradas con un click. Aún no sé si será en plan estrellitas iTunes o Puntos Marca o algo más genérico rollo “me gusta esta entrada”. Tampoco tengo claro si ese feedback será público, pero como mínimo me servirá para ver como se percibe todo desde el otro lado.
- Evalúo facilitar el envío de las entradas a agregadores (no Menéame), pero más por avaricia de PageRank que otra cosa.
- En cada entrada podréis notificarme fácilmente si hay alguna falta de ortografía o de redacción o enlaces rotos al estilo de lo que montó ElGekoNegro pero simplificado al máximo.
- Desde la portada podréis ver todo lo que haya nuevo desde la última visita, incluso si se trata de actualizaciones de entradas viejas. Tal vez muestre hasta los drafts, no sé si eso tendría algún interés.
- Podréis sugerir temas para futuras entradas de forma muy sencilla.
- Mejoraré el formato de vuestros comentarios, se mostrarán los avatares de cada uno (novedad mundial en exclusiva) y barajo alguna integración con respuestas por Twitter o algo así, ya veremos.
Y grosso modo esos serían los cambios más visibles así que os agradecería enormemente cualquier sugerencia adicional o comentario sobre las anteriores por pequeña que sea, desde cosas concretas como “me gustaría que se leyese bien en el navegador de mi teléfono Nokia nosecuantos” a generalidades como “que se vea tan bonita como la web de fulanito” o “no te flipes tanto y cierra ya este blog que respira mierda por todos sus poros”.
Gracias.
Echo la vista atrás y me parecen flipantes los tiempos de parvulario en que tenías un único profesor, que te daba todas las “asignaturas”. Las tareas eran cosas como pintar con ceras Manley (uno de los mejores inventos de la historia) sobre cartón grueso, hacer números en papel charol con un punzón o jugar con plastilina hasta que el color blanco terminaba marrón (cosa que sucedía a los dos minutos).
El caso es que mi profesora se llamaba Jacinta, una señora, calculo, de unos 50 años de edad. Recuerdo que llevaba unas gafas tipo Crispín Clander y que tenía el pelo completamente gris, siempre con melenita y diadema y sacaba punta a los lápices con uno de esos afiladores de tirar, como el que se fabrica una lanza en la jungla.
La cosa es que hace unos días mi madre se cruzó con ella por la calle y Jacinta, más de 20 años después la reconoció al instante. Pero no sólo eso, sino que sabía perfectamente de que la conocía y le preguntó por mí, acordándose de mi nombre y tal. Cuando me lo contaba no me lo podía creer, que una señora que cada dos o tres años tenía 30 nuevos alumnos y que llevaba viendo críos toda su vida se pudiera acordar de mí, sin verme desde 1989 o 1990, me parece flipante.
La verdad es que es una pena lo poco que se viene valorando a los educadores en los últimos tiempos (sobre todo los padres, que son precisamente los responsables de la degradación escolar actual y la desautorización de los profesores). Es normal que cada vez haya menos gente con vocación para estas cosas. Yo tuve mucha suerte.