Sólo otro blog infame


Menú


La cueva en la que meábamos

He usado varias veces Street View desde que Madrid aparece fotografiado en Google Maps. Más allá de lo típico, mirar la calle donde vives o enseñar a tu madre el edificio donde curras, siempre lo he usado como una información de apoyo.

Sitios desconocidos a los que he tenido que ir y la verdad es que es muy útil, dedicas 30 segundos a ver cual es exactamente el portal del dentista al que te diriges y cuando llegas allí vas completamente a tiro hecho. No es algo imprescindible, como tampoco lo es un mapa pero para gente calculadora como yo disponer de mayor información previa pues es genial.

El caso es que hoy me he puesto a trastear y a ver calles y lugares de mi infancia, sitios que dejé ya lejos en los que ahora he podido dar una vuelta anónima a modo de recuerdos “powered by Google Maps”. Allí he visto donde hice mis primeros amigos del cole, el sitio donde jugaba al fútbol, el parque en el que me pegué con un chico llamado Roberto al que le dolía más el Sol que un puñetazo y hasta el sitio en el que me gustó (y me rechazó) una niña por primera vez, Clara se llamaba y vivía en un edificio con un luminoso de Mahou en la azotea. Y no, no es una coña relacionada con la gaseosa, el edificio tenía publicidad y ella se llamaba así. Espero que ahora no sea alcohólica.

Todos estos recuerdos son de la misma época, fueron unos dos años entre los 10 y los 12, justo antes de encontrar mi primer PC, en los que creo que fui bastante feliz. Tenía un buen grupo de amigos (lo que uno considera amigo con 12 años vaya) y un estilo de vida como de la típica película yankee, es decir, nos pasábamos el día en la calle pero sin hacer nada netamente malo, pequeñas travesuras, trasteábamos, jugábamos a lo que tocaba en cada momento en base a la moda (la peonza, las chapas, los globos de agua), montamos nuestro equipo de fútbol sala tras un cúmulo de casualidades flipante; en definitiva, hacíamos un grupo de 8 o 10 en que había un poco de todo, uno tartaja, un par de niñas, una con gafitas, dos que eran gemelos, el gordo y unos cuantos pringaos más entre los que estaba yo. Insisto, ahora que lo miro con la perspectiva que da el tiempo lo veo como de peli de chicos que llevan tirantes y juegan rodando un neumático con un palo.

La cueva

En una de esas tardes tras el colegio uno de estos chicos y yo descubrimos algo grande, buscando un lugar en que ocultarnos jugando al escondite saltamos una pared en que había un par de huecos en los que poder meter los pies para trepar. Al caer al otro lado encontramos una pequeña habitación al aire libre, triangular, producida por los muros de las rampas de acceso de un aparcamiento en la que si nos agachábamos nadie del exterior nos podía ver. Fue un escondite genial durante un par de días hasta que se lo revelamos finalmente al resto del grupo. A todos les gustó y convertimos esa habitación en una especie de casa del árbol, todas las tardes estábamos por ahí y nos encantaba porque era “nuestra” pese a no ser más que arena y un par de árboles.

El caso es que en una de las paredes había un hueco bastante grande en la parte de abajo, donde la tierra se hundía y que, naturalmente, usábamos para orinar. Bueno, es que esa es otra, generalmente jugábamos a beber mucha agua durante toda la tarde en el cole para luego ver quien conseguía chorrear más cantidad de orina, o mandarla más lejos. Vamos, que éramos mitad guarros mitad maricas. Cosas de chicos.

En una de esas alguien planteó si cabríamos en la cueva y, no se como coño se nos ocurrió aceptar el reto, pero el caso es que nos metimos arrastrándonos por la misma arena en la que solíamos dejar nuestros residuos líquidos sin mayor miramiento. Pasada la angosta entrada había una cueva bastante grande, teníamos que ir agachados pero se cabía, y una oscuridad tremenda que daba bastante miedo. Estuvimos un par de minutos y salimos de allí.

Al día siguiente me presenté con una linterna verde, una de esas de Cegasa, cuadradotas como los faros de un Renault 12 y que albergaban una pila de petaca en su esqueleto de chapa con bisagra. Nos metimos de nuevo en la cueva ya con iluminación y vimos lo profunda que era al fondo, nos arrastramos más y más en la profundidad, calculo que 10 o 15 metros, cuando de pronto el haz de luz se reflejó al final de ese túnel en unos ojos que nos miraban fijamente.

Pensamos que sería un gato pero ciertamente nos cagamos de miedo y salimos de allí a toda velocidad. No volvimos a bajar, ni siquiera volvimos a acceder a la habitación que le daba paso y que era tan buen refugio del resto del mundo. Creo que en un instante comprendimos el error que suponía meternos en un sitio en el que nadie más sabía que estábamos y que era potencialmente peligroso si se derrumbaba o venía un chungo.

Y bueno, eso sería la historia, se que no tiene mucha chicha pero a mí se me quedó grabado; y todo ha revivido en mi cabeza tras encontrar el lugar en Google Maps, y que además vale para ilustrar mi relato.

Habitación triangular entre las paredes de los accesos a un parking que contiene una cueva

Es curioso como funciona la mente, los recuerdos.

# Idas de pinza,Recuerdos del ayer, Tuesday, 30 de December de 2008 a las 18:30

10 comentarios, han comido lengua

  1. Todos tenemos historias de ese tipo. Nuestra casa del árbol tambińer era peculiar, estaba en una especie de sótano natural pero para acceder había que trepar a un árbol primero, luego saltar a otro, como unos malditos cafres pero sin embargo recuerdo hacerlo con bastante agilidad y sin ningún tipo de miedo por mi vida pese a la posible caída. Estuve hace unos pocos años por ahí y sigue más o menos igual. Me pregunto si el coche de juguete seguirá enterrado entre las raíces de aquello.

    # ElGekoNegro 30 de December de 2008 a las 18:56

  2. No sabía que habías crecido en Boston.

    # Alex 30 de December de 2008 a las 19:23

  3. Holy fuck!!!

    Salvo los niño gemelos, el puto relato es una copia calcada de lo que también viví yo (incluída cueva con linterna Cegasa de mi abuelo con bisagra). En mi caso, en lugar de ojos fueron un par de bultos sospechosos con forma humana, que nos acojonaron como el demonio, y que ya posteriormente pensamos que podrían ser unos jovenzuelos dándole al ñaca-ñaca.

    Bueno, y que toda esa zona estaba petada de condones usaos y tal…. :-P

    Mi zona era menos urbana, a uno 20km de Madrid en un pueblo de unos 30k habitantes, y teniamos un montón de sitio para hacer movidas y gamberradas que no pienso desvelar porque supongo que el delito no ha prescrito y la mayoría eran ilegales xDD

    # Vedia 30 de December de 2008 a las 19:35

  4. Alex se me ha adelantado.

    # Patricil 30 de December de 2008 a las 19:48

  5. En esta historia se basó Spielberg para escribir Los Goonies.

    # Petite Princesse 30 de December de 2008 a las 19:53

  6. Qué grande el Parque de las Avenidas!!!

    # Santiago 30 de December de 2008 a las 23:07

  7. Es una historia muy genial. A mi no me pasaban esas cosas, sólo tenía un amigo de pequeño.

    # Alexliam 31 de December de 2008 a las 10:18

  8. Qué rápido pasa el tiempo…
    A lo mejor esos ojos sospechosos eran del científico loco de un sótano que sintetizaba drogas de diseño, y desde entonces toda la mafia de Boston te está buscando…
    ¿Que mal rollo no?

    # Nico 31 de December de 2008 a las 11:39

  9. Que entrada más genial, me ha encantado! ^^

    A veces casi sería mejor no volver a ver esos sitios para que en nuestra mente siga siendo ese lugar especial que fue un día.

    Un saludín!

    # Ana 31 de December de 2008 a las 14:48

  10. Yo tenía muchos amigos, pero maté a casi todos. Uno huyó.

    # Carlos 24 de January de 2009 a las 20:32